Este humo es una niebla trucha.
No menos peligrosa.
Humaderal de vaho forzozo.
Tizne de la ciudad por sus transparencias.
Ciudad de charamusca donde nube y ardor son mímesis aglutinada, lo que se cuece.
Un archipiélago de ranchada en los intersticios para abarrotar lo visible.
Ver incinerado que virtualiza lo crudo en haberes inoculantes
de lo que viene del futuro a producir mañana discontinuada.
Una madrugada de cielo carcomido como horno abierto.
Ciudad de la carbonada que destrona al plata.
Paradoja sin eficacia encallada en pastizales quemantes.
Cristal de brasa en flor de las miserias: subtes y linvings; autopistas
y cuartos donde los cuerpos se doran de transparencias y omisiones.
Buenos Aires fue allí donde los vahos ahora nos cuelgan de incertidumbre.
Mejor que a las certezas no las planifiquen gobernantes o técnicos,
los contaminadores de la administración que taló la traducción y el límen
para la vida administrada. Los maniqueos
quienes hicieron de las crecientes
maneras de una nueva intriga aún más silenciosa como fayuta
como feng shui desmadrada hecha de agua turbia
y nuevas devastaciones. Esquilmados los campos
y los valles a topadoras y soja; cocidos blanco y negro.
Ciudad donde lo único gris es la ceniza.
Ciudad cenicero.